Calugangá
Venían siendo días difíciles en Calugangá, si es que acaso no redundo. Rajada la tierra los perros echados exprimían hasta la más pequeña de las sombras. sus movimientos: económicos, tan solo vitales y reflejos; barriguitas agitadas, sonrisa ambigua, aliento caloventor. lengua afuera refrigera, hasta yo lo sé.
Doña Marta jugaba sola a los dados en la barra de su chiringo. En ese bar hecho polvo tan solo el batimento desganado de un ventilador casi precarizado: "ay, ay, de haber sabido que en Calugangá las estaciones solo para el tren. el calor: constante".
Un estruendo.
Abrí el ojo con el espasmo despertador que solo provoca una explosión. Ese bar era el mismísimo infierno, un horno compartido. Mi agua toda ya impresa en la hamaca; yo seco, reseco, muy reseco. Una pasa de Manolo arrugada, acalorada y aceitosa. Ahí de cerca del espejismo de Marta me llega un sonido sin bordes, un bulto sonoro, una papa bah. En medio de todo identifico las siguiente palabras:
- Don Manolo viene una ola, está bajando de la montaña.
Sobado adobado fermentado como estaba lo que menos sentí fue alarma. Sí escuché un estruendo, me despertó... pero una ola que baja de la montaña? Será la calor, digo, que la hace alucinar. Sigo durmiendo.
Satán nuevamente:
- Don Manolo lamento decirle que tendré que cerrar por todo este asunto de la Ola.
En un santiamen, más bien en ese santiamén, identifiqué esta idea como única merecedora de mi atención: "una Ola que baja de la montaña". Eso escuché, eso me llegó. Eso me acaba de decir esta señora así tan fresca, tan sueltita ella, tan "lo veo, lo entiendo, lo comunico", como si una ola gigante que baja de la montaña fuese cosa de tododía. Afuera los canes misma reacción que la doña: morro levanta, ojos achinados (aquí la siesta interespecie), escena observada y vuelta a dormir. El sopor de Calugangá todo regado por las calles... si tan solo el sopor refrescara.
Pero ya estoy de pie con el bar cerrado a mis espaldas y así es pues que lo que Marta repitió ya ni sé cuántas veces se confirma: una ola enorme bajando por la montaña. "Avalancha" sugiero; pero si "nieve" aquí en Calugangá no se ha pronunciado jamás, objeto. Madre mía cómo puede ser, será la calor? Resfriego ojos, pellizco brazo: nada, ahí la veo bajar lenta y orgullosa como un avión o una ballena, como que me llamo Manolo Ramírez Centurión.
Escucho campanas. Finalmente la alarma, digo. El anuncio del apocalipsis.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Silencio...
Murmullos...
Sorpresa...
Y entonces gritos, zapateos, polvareda; MOVIMIENTO: posibilidad de átomos y astros por igual y que parecía extranjera aquí en Calugangá hasta hace nada. Pero qué es tanta sacudida de un momento a otro?
No entiendo hasta que entiendo:
¡Fueron campanas despertadoras las que oí!
Campanas que desfosilizan a un pueblo cada tarde y que hoy le traen, a Calugangá entero, la posibilidad de no poder creer, de toparse con lo imposible y desesperar.
Esa tarde una ola bajó de las montañas de Calugangá, y perros y humanos, después de las 4 de la tarde, corrimos por igual.
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