una a lo pauls

Si de cuando en cuando uno puede decir con total liviandad y sin sentir, al menos sin demostrarlo, congoja alguna: "pero, Che.. qué embole tengo", es por, gracias a, como síntoma de, cierto aire reconciliador con lo que nos toca. Disuelto el enigma, el ovillo rueda y deja, no en el comienzo sino más bien en el final, en el último suspiro de las cosas, cuando finalmente se da con lo nuevo, la evidencia de que esta pena no es tan profunda. El desamparo absoluto dejó de ser, sin mejores imágenes para expresarme, una alfombra pesada que puede, en un mismo paso de baile, sofocar fuego y esconder polvo, como se esconde el cocodrilo esperando, por mandato divino o genético, que algún cebú distraído y atontado por la sed y lo extenso de África se acerque con urgencia a este oasis, que bien puede ser como no, él se lo pregunta, a beber el agua sagrada en lo que será su último movimiento antes del susto de su vida, para surgir, el reptil depredador, de debajo de esa alfombra y dirimir toda sospecha 

Así es que desnudamos el hechizo y nos hes regalada una risa que brota desde algún lugar cercano o lejano, paquetito insolente, revolución en gesto, mueca potente y disparatada que logra lo imposible: baña a las cosas con los colores que les fueron robados, y buenaventura; les restituye la capacidad de volver a ser. le devuelve a mi cuerpo su tamaño y vuelvo a ocupar el espacio de siempre, mi espacio en este mundo, nuestra parcela de cosmos, nuestra proporción, escala, la que además de conocer deseamos y, espejando aquel lugar donde se puede lo que se quiere, disfrutamos. 

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