EL ASOMBRO
Yo tenía una necesidad muy grande del mundo.
Nada me alegrará.
Nada me dará placer alguno.
Nada de nada.
Mi padre me lleva al psiquiatra.
Siempre llegamos temprano.
Tan temprano que no ha salido el sol.
Damos unas vueltas en auto por las calles céntricas.
Pero no hay nada que hacer con el tiempo.
La hora de terapia sale cara y se debe ser puntual, aprovecharla de punta a punta.
El padre quiere la sanación del hijo.
A veces, hacemos tiempo en un bar, se llama La Rosa.
Esperamos en silencio, hay poco para decir. En ese momento, solo tengo miedo; y el miedo no se habla. Entonces nos mantenemos callados.
El bar está apenas abierto, no hay otros clientes, traen las medialunas de la mañana. Las raciones de leche y pan, otras cosas.
El mozo mira al padre con el hijo inquieto que aguardan antes de la mañana. El psiquiatra nos atiene a las ocho de la mañana y es invierno. Tarda en amanecer.
Hace ruido acá.
La gente habla fuerte.
Hace chistes en un idioma que no comprendo.
No puedo entender la gracia.
Hace tiempo que no me río de nada.
Los miro. Se ríen como se ríen los monos. Pienso en los monos. Miro la risa como muevas. No quiero mirar más. Estoy mirando.
No he dejado de mirar.
Soy mi peso, el peso de mi cuerpo y no mucho más. No soy el espacio que lo excede. El resto de las cosas afuera de mi cuerpo no soy yo. Son lo desconocido. La nada.
No tengo miedo a la nada. Ya estuve ahí.
Tengo temor a mi adentro.
No a lo que me rodea.
Soy este silencio.
Ahora me callo.
Voy a decirte algo.
Necesito este silencio.
Sé algunas cosas de mí.
Voy a llevarte a un paseo por mi país interno.
Estamos por salir.
No te aterres. Nada malo va a pasar.
Lo peor ya sucedió.
No me mires.
No levantes la vista.
El sol.
Esta luz me recuerda otro tiempo.
Cuando era chico la luz era parecida.
Una luz pálida de invierno, a la siesta.
No tengas miedo.
No te asustes. Dame la mano. La palma de la mano.
No te asustes. No tiembles.
No se puede controlar el temblor.
Temblaba desde niño, desde siempre, desde que nací.
Yo tenía una necesidad enorme de no ser olvidado.
Ahora mismo me da terror el olvido.
Ahora dije "olvido", y se me cerró la garganta.
El olvido.
Todo tipo de olvido. El tuyo inclusive.
No te lo dije:
Te estábamos esperando.
No lo sabíamos hasta que viniste.
O lo sabíamos sin saberlo.
No sabíamos que te necesitábamos tanto.
Que la felicidad podía tener esta forma.
Tampoco que podía ser tan frágil.
El ser.
Tu ser. Tu enorme fragilidad.
Te esperábamos desde siempre.
Estabas desde siempre.
Estás desde un principio. Si no es así, no puedo entenderlo.
Sos la parte dulce del misterio.
Hay algo en tu sonrisa que detiene todo el tiempo.
Todo se queda quieto. La detención temporal.
La foto fija de la calma.
No hay pasado ni futuro, solo tu manera de sonreír.
Necesito que me sonrías.
Yo no entiendo cómo funcionan las cosas.
Viniste para curarnos.
No tenía noción de lo triste que andaba.
Ahora lo sé.
Camino por el filo de las cosas.
Hace un tiempo supe caer del otro lado de todo.
Anduve de paseo por el lado negro del hemisferio.
A mi mente me refiero.
Yo crucé los océanos cerebrales.
Me volví loco.
Tuve incendio mentales.
Campos arrasados y tierra seca de pensamientos.
Pero volví.
Acá estoy. Dando los primeros brotes verdes.
Estoy lleno de pensamientos.
Aturdido de pensamientos estoy.
Voy a tratar de ser claro.
Ahora mientras viajo, se apodera de mí una suave claridad.
También una repentina calma.
Ha caído sobre mí la calma.
Puede que sea cansancio.
No se lo digas a nadie, pero acabo de reconciliarme con el mundo.
¿Sabés? Yo creía en Dios.
Cuando fui niño, era mi única compañía.
Un día me dejó. Se fue. Sin avisar, sin pedir permiso. Escapó. Se diluyó.
No se lo digas a nadie, me avergüenza, todavía lo extraño.
Tengo nostalgia de Dios.
Por favor, ayudame con esto.
Acabo de perder la fe.
Estoy tomado por la incertidumbre.
Viajo por la ruta, dentro de un colectivo, con las luces apagadas.
Afuera está oscuro y es el campo.
Los vidrio están empañados, húmedos. No hay luna.
No hay imagen externa.
Entonces soy solo mi viaje.
Si no me veo, si no puedo vislumbrar mi contorno, podría ser parte de la negrura total.
Prendieron diminutas luces azules dentro del colectivo, para guiarse en la noche, por el pasillo, si alguien se levanta. Para tolerar la oscuridad, entonces, ahora vislumbro mi mano al levantarla, la muevo, veo su perímetro. Esta es mi mano. Esta es la noche.
Sé ahora que mi mano existe.
El campo es quieto. Yo también.
El paisaje no se mueve. Yo muevo el paisaje cuando lo contemplo en movimiento.
Soy el paisaje, la quietud, la noche. El descampado.
Alguien que me haga señales.
Alguien que me despierte.
Alguien que me saque del sueño denso en el que ahora estoy entrando.
¿Estás ahí?
¿No te fuiste?
¿Te puedo hacer una pregunta?
¿Serías tan amable de abrazarme?
Creo que, si no me abrazás, si no ponés un molde, tu molde, tu límite, un control a mi cuerpo, me voy a desintegrar.
Creo que apenas estoy acá.
Tengo un cansancio tan grande que ya ni siquiera lo siento.
He abandonado mi cuerpo terrestre.
Acabo de ingresas a otro cuerpo no material.
Estoy construido por un yo abstracto.
No tengo sustancia viva que sostenga lo que digo.
Me constituye una pasta aérea.
Para que lo entiendas, estoy hecho de algo que se parece al humo. Y esta constitución es tan violenta y real que me deja mudo.
Por un rato, no voy a decir palabras.
Las palabras son cosas que ocupan un lugar, y estoy dejando el espacio.
Necesito que me ayudes con esto.
Yo tenía un padre, una madre y hermanos.
El padre también, de a poco, va ingresando a otra dimensión. Hace abandono de sí. Se apaga. Puedo encontrarlo si me dejo ir. Puedo ir a su encuentro y tener un contacto de almas.
Acaba de suceder un sobresalto.
Dije mi padre y mi parte profunda se avivó. Un yo arcaico dio un pequeño grito.
Entonces te miré.
A vos. Pequeño y ancestral.
Talismán de vida nueva.
Consuelo de los días de pena.
Mi padre se despide sin saberlo, y vos iniciás el mundo.
Nombrás con sonidos nunca escuchados todo lo que por ahora existe.
Definís.
Un sonido significa "gato", y otro sonido significa "madre", y otro significa "dormir", y así hasta que das con tu silencio.
Y te quedás dormido y soñás con los mundos que fueron.
Vas trayendo la fuerza de lo anterior. Lo que no existía en nosotros sino a lo lejos.
Cuando éramos parte de la nada.
No te asustes. No hay destino, al menos por ahora, no hay destino.
No tengas miedo, esta es mi forma de creer.
Es doloroso estar hablando de esta forma, me deja vacío.
Sigo con el viaje.
Dura horas.
Viajar es no pertenecer.
Por eso se viaja, para el abandono de lo que tuvimos.
No me quiero separar de vos.
No te lo dije.
Conocerte me ha justificado.
Antes no tenía motivos para ponerme de pie.
Ahora sí.
Estás vos.
Ahí.
Lo sé.
Aunque no me mires.
Estás.
Ahí.
Cerca.
Dame la mano.
Qué tibieza.
Débil fuerza la de las manos.
Apretame un poco.
No me sueltes.
No tiembles.
Te lo juro, el temblor se puede controlar.
Yo no pude, pero se puede. Lo sé por otros.
No te asustes.
Estamos por entrar al mundo.
No tengas miedo.
Nada de lo que digo tiene un peligro real.
Nada tiene un impacto real en mi ser.
Todo pasó antes.
O pasará después.
El ahora está por ocurrir.
Eso es el asombro.
Cuando el presente se clave dentro de tu centro como una flecha certera.
Esto es el asombro.
Está por suceder.
En medio de todo lo neutro.
Estamos por tocar la piel de la belleza
No sabíamos que podía doler tanto.
La belleza encerraba ese peligro, nadie nos advirtió.
Estamos solos.
Tampoco nos lo dijeron.
Estamos a punto de ser libres: por eso, nuestra total desolación.
Dejo que suceda en esta noche que me lleva.
Te pienso.
Vas a crecer.
Crecer es incómodo. Pero también, visto desde afuera, produce gracia.
Estás envuelto en gracia. Eso es el asombro. El encanto que cubre y ampara tu pequeño yo a punto de salir.
Mientras, estoy por desaparecer.
Esto que digo parece una incoherencia.
Te lo dije, anduve loco, volví solo en parte.
Mi otra parte quedó allá, no regresa, empecinada, se quedó a vivir en el país de las no cosas. En la no realidad, en medio del pantano delirante.
Le pido que vuelva, pero no, desde allí maneja mi discurso.
Estas palabras que digo hacen eco allá. Por eso retumban tanto. No están sucediendo acá, sino a lo lejos. Donde no tienen forma las cosas.
Ahora que nombro la forma, me ha dejado de importar.
Como Dios, también las formas me abandonaron.
Entonces me volví amorfo, no tengo cauce, me desangré. Perdí la compostura.
Yo, que tenía rasgos delicados, me deformé. Desdibujado, sin mí. Las formas son una creencia, y yo he dejado de creer.
Solo soy ante tu impacto vital.
Tu vida me recuerda que algo puede ser.
Que todo terminó, pero puede que comience ahora mismo.
Vos inaugurás el mundo.
Yo te sigo.
Me cansé. De todo lo que decía me cansé.
Me quedé agotado.
Vuelvo al silencio de donde nunca debí salir.
Tu cuerpo, me refiero al cuerpo humano, está creciendo.
El de mi padre se termina y se asusta de la extinción.
Nadie le dijo que no tema, que terminar el cuerpo no es el final, que algo del ser continúa por los aires, por el viento, por la luz de algún sol, en partículas de tierra, en la respiración de las plantas, en la caída de un cabello. Nadie se lo dijo. Puedo acercarme al oído, pero temo que no entienda.
Estoy adormecido.
Sería mejor ceder.
Irme.
Dios, tené piedad de mi mundo.
Dios, por favor, volvé.
El dios de los regresos mira desde lejos. No se atreve a ingresar a los días.
Dios, danos tu mirada eterna.
Dios, danos la paz.
Que suceda lo extraordinario.
Pero que suceda ya.
de Santiago Loza en su libro "Empiece sin mí (y otras piezas sobrantes)
Comentarios
Publicar un comentario